Acabo de ver, por segunda vez, la película "Borat". Sólo puedo decir que es sencillamente genial. Y más cuando te enteras de todo lo que hay detrás de este falso documental. Sacha Baron Cohen, humorista inglés que creó los personajes de Ali G -un tarado hiphopero de un suburbio londinense que le lanzó a la fama en la televisión inglesa- y Bruno -gay austríaco medio nazi que trabaja en una revista de modas- , se ríe de todos, con todos, especialmente con su compañero de reparto. Borat es un supuesto reportero de Kazajistán que va a US y A (como él dice) para aprender las costumbres del mejor país del mundo. Lo más sorprendente es que su personaje es ficticio, pero la gente con la que se topa allí, no. Y algunos tienen unas salidas de los más sorprendentes. Como el vendedor de la armería que no pestañea cuando le pide un arma para defenderse de un judío!! o el trabajador del hotel que le lee el telegrama donde se le comunica que su mujer ha sido violada y aplastada por un oso en el bosque. Ni se inmuta! Deben dar noticias de este calibre todos los días, los pobres... En fin, habrá gente que no soporte la película porque si no sabes de qué va todo ésto, puede ser muy chocante, pero lo que está claro es que no deja a nadie indiferente. Recomiendo que veais la película y juzgueis vosotros mismos.
http://www.youtube.com/watch?v=chKu7MY5C8Q
Un blog para compartir ideas, relatos, libros, películas, viajes y todo lo que vaya surgiendo. Espero vuestros comentarios. Gracias por leerme.
lunes, 2 de junio de 2008
Libros que me han gustado
Me gustaría ir comentando algunos de los libros que me han gustado o los que no, pero mientras tanto, apunto una lista de libros y autores que me parecen interesantes:
- Haruki Murakami: "Tokio Blues", "Al sur de la frontera, al oeste del sol"
- Imre Kertesz: "Sin destino"
- Ian McEwan: "Amsterdam", "Expiación", "Chesil Beach"
- Mario Vargas Llosa: "La tía Julia y el escribidor", "Travesuras de la niña mala", "La fiesta del chivo"
- Henning Mankell: "La leona blanca", "Los perros de Riga", "La quinta mujer", "Asesinos sin rostro"
- Gabriel García Márquez: "Cien años de soledad", "El amor en los tiempos del cólera", "El coronel no tiene quien le escriba"
- Fernando Marías: "El niño de los coroneles", "Invasor", "La luz prodigiosa"
- Almudena Grandes: "Los aires difíciles", "El corazón helado", "Malena es un nombre de tango"
- José Saramago: "Ensayo sobre la ceguera", "Todos los nombres"
- Eduardo Mendoza: "El misterio de la cripta embrujada", "El laberinto de las aceitunas", "La aventura del tocador de señoras", "Sin noticias de Gurb", "La verdad sobre el caso Savolta"
- Alfredo Bryce Echenique: "Un mundo para Julius"
- Paul Auster: "Brooklyn Follies", "Mr. Vértigo"
- Nick Hornby: "Alta fidelidad", "Cómo ser buenos"
- Ian Rankin: "El jardin de las sombras"
- John Katzenbach: "Historia del loco", "El psicoanalista"
Microcuentos
Un tipo que quita el hipo
Carol tenía un cuerpo voluptuoso, lleno de curvas que quitan el hipo. Una mañana, a su marido, que no respiraba acompasadamente, le entró el hipo. Se le quitó en cuanto vio a su mujer. Dos días más tarde, se encontró a su vecino en la escalera con un ataque de hipo brutal que el impedía hablar. Cesó rápidamente en cuanto la vio. El rumor se extendió a la velocidad del rayo y pronto montó su negocio de “quita-hipos”. ¿Quién da la vez? Hip.
El sombrero de Ana
Ana se compró un sombrero de fieltro marrón en una almoneda. Lo adquirió para que hiciera juego con su perchero antiguo, como si fuera atrezzo. En apariencia, era un sombrero corriente. Estuvo colgado del perchero durante meses. El primer día que Ana se colocó el sombrero, empezó a hacer cosas muy raras, hablaba un idioma incomprensible, se acicalaba con colonia con olor a pachuli, vestía trajes blancos, bebía zarzaparrilla e incluso piropeaba a las damas. Si se quitaba el sombrero, volvía a ser ella, pero en cuanto se lo ponía, no había quien la reconociera. Su madre se dio cuenta de esta extraña relación con el sombrero y decidió meterlo en una bolsa y volver a la almoneda. – No lo queremos, gracias. Cuando ya se iba por la puerta oyó al dependiente que decía: otro que devuelve el sombrero de Casanova.
Incondicional
- Llévame contigo.
- No puedo.
- Por favor.
- No hay marcha atrás.
- Lo sé
- ¿Segura?
- No puedo estar más segura.
- Lánzate, entonces.
Se subió a la barandilla y saltó.
Carol tenía un cuerpo voluptuoso, lleno de curvas que quitan el hipo. Una mañana, a su marido, que no respiraba acompasadamente, le entró el hipo. Se le quitó en cuanto vio a su mujer. Dos días más tarde, se encontró a su vecino en la escalera con un ataque de hipo brutal que el impedía hablar. Cesó rápidamente en cuanto la vio. El rumor se extendió a la velocidad del rayo y pronto montó su negocio de “quita-hipos”. ¿Quién da la vez? Hip.
El sombrero de Ana
Ana se compró un sombrero de fieltro marrón en una almoneda. Lo adquirió para que hiciera juego con su perchero antiguo, como si fuera atrezzo. En apariencia, era un sombrero corriente. Estuvo colgado del perchero durante meses. El primer día que Ana se colocó el sombrero, empezó a hacer cosas muy raras, hablaba un idioma incomprensible, se acicalaba con colonia con olor a pachuli, vestía trajes blancos, bebía zarzaparrilla e incluso piropeaba a las damas. Si se quitaba el sombrero, volvía a ser ella, pero en cuanto se lo ponía, no había quien la reconociera. Su madre se dio cuenta de esta extraña relación con el sombrero y decidió meterlo en una bolsa y volver a la almoneda. – No lo queremos, gracias. Cuando ya se iba por la puerta oyó al dependiente que decía: otro que devuelve el sombrero de Casanova.
Incondicional
- Llévame contigo.
- No puedo.
- Por favor.
- No hay marcha atrás.
- Lo sé
- ¿Segura?
- No puedo estar más segura.
- Lánzate, entonces.
Se subió a la barandilla y saltó.
El plantón o cómo perder la dignidad
Hace unos cuantos años, antes de la era del móvil, cuando salías a la calle tan alegremente sin uno y no pasaba nada, conocí a un chico muy persistente. A priori, no era precisamente mi tipo, pero yo me sentía sola, él tenía mucha labia y las frases al oído, llenas de dobles sentidos eran más de lo que podía soportar. Me convenció para quedar dos noches después en su barrio.
Quedamos a las diez en un bar estrecho que da a dos calles, en el Madrid de los Austrias. Me presenté con diez minutos de antelación, alegre, canturreando por la calle. A las diez y cuarto entré a pedir algo fresco que me ayudara a esperar. El bar daba a dos calles, así que me bebí la consumición de dos tragos y salí. Justo en la esquina, tenía una visión total de la situación. Daba paseítos cortos alrededor del bar y la clientela empezaba a mirarme con una mezcla de pena y extrañeza. Su portal estaba a cien metros escasos, pero no me atrevía a llamar. Me acercaba al telefonillo y volvía rapidito a la esquina junto al bar. Veía a gente entrar y salir, saludar a sus citas que sí llegaban; les miraba abrazarse, besarse, irse hacia otros sitios. A las once y media, llamé una vez, dos, diez veces, sin obtener ningún resultado. A las doce, empecé a dudar de mí misma. “No puede ser. Entendí mal la hora o el sitio”. Volví a la barra del bar, escudriñé hasta el último rincón de ese sitio minúsculo, aún a riesgo de ser desconsiderada con los clientes, que empezaban a odiarme. Salí, entré, fui al portal, volví al bar, bebí, meé. Empecé a pensar que algo grave le había ocurrido, algo terriblemente grave que le impedía llegar hasta allí o llamar al bar.
Por fin, a las dos de la mañana, en un último intento antes de volverme a casa, me contestó por el telefonillo. Acababa de llegar de recoger a sus suegros del aeropuerto.¡Suegros?!! Poco a poco, a cámara lenta, me fui cayendo, quedando echa un ovillo en el portal y comencé a llorar despacito. Permanecí acurrucada durante un buen rato. “Nena, eres imbécil. Levántate, coño.” Me sorbí los mocos, me pinté los morros, levanté la barbilla y me fui. Nunca más.
Quedamos a las diez en un bar estrecho que da a dos calles, en el Madrid de los Austrias. Me presenté con diez minutos de antelación, alegre, canturreando por la calle. A las diez y cuarto entré a pedir algo fresco que me ayudara a esperar. El bar daba a dos calles, así que me bebí la consumición de dos tragos y salí. Justo en la esquina, tenía una visión total de la situación. Daba paseítos cortos alrededor del bar y la clientela empezaba a mirarme con una mezcla de pena y extrañeza. Su portal estaba a cien metros escasos, pero no me atrevía a llamar. Me acercaba al telefonillo y volvía rapidito a la esquina junto al bar. Veía a gente entrar y salir, saludar a sus citas que sí llegaban; les miraba abrazarse, besarse, irse hacia otros sitios. A las once y media, llamé una vez, dos, diez veces, sin obtener ningún resultado. A las doce, empecé a dudar de mí misma. “No puede ser. Entendí mal la hora o el sitio”. Volví a la barra del bar, escudriñé hasta el último rincón de ese sitio minúsculo, aún a riesgo de ser desconsiderada con los clientes, que empezaban a odiarme. Salí, entré, fui al portal, volví al bar, bebí, meé. Empecé a pensar que algo grave le había ocurrido, algo terriblemente grave que le impedía llegar hasta allí o llamar al bar.
Por fin, a las dos de la mañana, en un último intento antes de volverme a casa, me contestó por el telefonillo. Acababa de llegar de recoger a sus suegros del aeropuerto.¡Suegros?!! Poco a poco, a cámara lenta, me fui cayendo, quedando echa un ovillo en el portal y comencé a llorar despacito. Permanecí acurrucada durante un buen rato. “Nena, eres imbécil. Levántate, coño.” Me sorbí los mocos, me pinté los morros, levanté la barbilla y me fui. Nunca más.
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