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jueves, 5 de junio de 2008

El despertar

Me preparaba para una velada romanticona a media luz, con riesgo severo de incendio debido a la cantidad ingente de velas por toda la casa. Me había costado mucho llegar a este punto. Me explico. Yo era una chica del montón, tirando a modosita, que estaba harta de esperar. A los 23 años, mi más preciado tesoro, según la carca de mi madre, estaba intacto. Mi rito de desfloración seguía pendiente. Mierda.

Empecé a trabajar con un contrato a tiempo parcial en una empresa medianita. Después de terminar mis estudios, fue lo más interesante que encontré. Sobre todo, porque el entrevistador, Carlos, la única persona de Recursos Humanos de la empresa, tenía una sonrisa tan perfecta, unos ojos tan divinos y olía tan bien, que por poco dejo allí mismo mis bragas de color carne. El moreno perfecto de sus brazos y un torso musculoso se intuían a través de su camisa de lino. El pantalón, ceñido lo justo, no dejaba dudas respecto a un culo de dimensiones perfectas. Señor mío, estaba ante un dios romano, un adonis, una maravilla de la naturaleza. Juraría que justo en ese momento un halo de luz rodeaba su cabeza haciendo brillar más aún su pelo, ni muy corto ni muy largo, con ¿mechas?, no, eran reflejos del sol.

La primera decisión que tomé cuando supe que me habían aceptado fue la de ir a la sección de lencería de unos grandes almacenes, concretamente a la parte más picante; sí, la de los tangas de leopardo, y me compré cuatro. De color negro. Con encaje. Carísimos, y ya de paso, me cogí un par de sujetadores a juego. Se acabó el color carne para mí. El liguero era demasiado para mi experiencia inexistente con el mundo masculino.

Cuando aterricé en la oficina, iba encogida de miedo pero, afortunadamente, hice amistad con Loli, una tía de bandera que iba bien apretada. Me costó mirarle a la cara cuando la conocí. Su escote de tetas protuberantes no me lo permitía. Luego comprendí que si te han costado una fortuna, de algún modo tienes que amortizarlas. Me caló en diez segundos y cual ONG, me acogió en su seno, nunca mejor dicho, y me despertó a la vida. Concretamente a la sexual. Me explayé contándole mi secreto y ella empezó por mandarme a un sex-shop a por un “amiguito” con motor.
–Así irás más segura, tía, con menos miedo, que se te nota en la cara que necesitas un polvo, joder- la rotundidad de Loli no me dejaba elección.
Y para que no me escapara, me acompañó. Cuando entramos en lo que parecía un bar futurista de “La Perra de las Galaxias”, me sorprendió encontrarme con tanta gente “normal”. Yo esperaba una panda de pervertidos babeantes tocándose el paquete mientras miraban el peep-show. Desde luego, no esperaba encontrarme a gente de la edad de mis padres. Desde entonces, no les miro igual. Loli, me observó divertida.
– De verdad, no sé cómo has sobrevivido antes de conocerme, tendrías que verte. Paco Martínez Soria a tu lado, parecería un sátiro.-
Recorríamos la zona de tienda sin perder detalle. Inmensos falos de colores, tamaños y texturas se desplegaban ante mí. El dependiente me enseñó uno de látex con un tacto que daba grima. – ¡A que está logrado, parece de verdad! – Cómo explicarle que no había visto uno ni en pintura, mucho menos, tocado. Bueno, vi algunos en aquellas revistas guarrillas que compramos cuando teníamos catorce años y que tiré a la basura entre excitada y avergonzada. Loli me aconsejó un vibrador sencillo a la par que elegante y otro con dos brazos, que parecía un artilugio para colgar anillos. El rubor tardó varios días en desaparecer, pero me los llevé, junto con un par de pelis porno para entrar en faena. Como buena alumna que soy, iba siguiendo fielmente los consejos de mi experta amiga.
– Ahora tendrás que aprender a quererte un poco, tía. Ya verás qué bien.
Lo que me iba a resultar más difícil es encontrar un momento a solas en mi concurrida casa familiar y mucho más, encontrar un buen escondite para mis adquisiciones. Pero como el hambre agudiza el ingenio, me hice con una guarida al fondo de mi armario que no iba a encontrar ni Sherlock Holmes. Cuando conseguía quedarme sola, me sentía ridícula viendo a unos cachas con unos penes que daban miedo, follando con una rubia oxigenada que no parecía ser capaz de cerrar la boca. Claro, de tanto usarla la pobre, pensé yo. Pero poco a poco, después de tomar notas y hacer dibujos, fui perdiendo el pudor y tanta tontería enquistada desde la infancia. Empecé a acariciarme con mucha timidez, al principio, con más fruición después y con auténtica desvergüenza al final, hasta que conseguí darme placer yo solita con estas manitas y mis “amiguitos”. La verdad es que tras varias sesiones de auténtica profesional, empezaba a notarme más suelta y más contenta, con agujetas en el brazo, pero muy contenta. No sé, con más desparpajo e incluso más guapa.¡Qué coño! Empezaba a darme todo igual. El roce hace el cariño, por una misma, claro. No espera, eso no es verdad. En mi cabecita cambiaba la cara de los “intelectuales” de las obras de arte del fornicio por la de Carlos, el macizorro de Recursos Humanos. Me imaginaba sus pectorales sudorosos, sus manos agarrando mis nalgas con fuerza, dándome azotitos como a la “boquiabierta”, los músculos del culo en tensión empujando con fuerza en un vaivén acompasado y acabando al mismo tiempo, extenuados y felices. Y aún no le conocía.

El siguiente paso fue la presentación en sociedad. Carlos resultó ser encantador y congeniamos enseguida aprovechando las charlas durante las comidas con más compañeros. Coincidíamos en tantas cosas, que yo no daba crédito y poco a poco fui cogiendo confianza. Mi amiga tenía razón, ya no parecía tan desesperada aunque me pilló en un par de ocasiones mirándole directamente a su gran pene. Pero no se dio por aludido y seguimos como si nada, con nuestras conversaciones. Que si tenemos los mismos gustos, que si dónde vives, que si a ver si quedamos y charlamos con una copita y no aquí, con estos. Por fin, un buen día, me animé y le invité a casa a cenar. Mis padres, por supuesto, estaban fuera el fin de semana. La ocasión pintaba única. La blusa, por llamarle algo siendo muy generosa, me la dejó Loli y dejaba poco a la imaginación. En cuanto a la minifalda, era de cuando iba al instituto y me cortaba la respiración. Lo iba a tener difícil para sentarme. Pero aguanté pensando que iba a durar poco puesta. El simple hecho de pensar en practicar alguna de las posturillas que ya me sabía de memoria, me hacía sentir un hormigueo por todo el cuerpo, concretamente en mi vagina, que no se podía aguantar. Había perdido demasiado tiempo y debía recuperarlo como fuera.

Cuando sonó el timbre, casi me abro la cabeza tropezándome con el sofá y dando un traspié que casi me lanza de cabeza a la estantería. Y cuando abrí de verdad, hubiera preferido haberme comido la estantería al descubrir al maravilloso Carlos acompañado de un amigo espectacular. Por un momento, pensé -igual me salto el paso de iniciación y voy a la lección de tríos directamente. Pero qué dices guapa, a ti se te ha subido el látex a la cabeza- mientras sonreía a los dos maromos.

- ¡Hola guapa! He traído a Antonio. Espero que no te importe. No he podido contarte nada delante de los otros. Estamos juntos desde hace poco y no nos podemos separar ni un momento.- y antes de que entraran abrazaditos los dos, cerré la puerta en sus narices. Menos mal que no estaba sola. Ya no.

lunes, 2 de junio de 2008

Microcuentos

Un tipo que quita el hipo

Carol tenía un cuerpo voluptuoso, lleno de curvas que quitan el hipo. Una mañana, a su marido, que no respiraba acompasadamente, le entró el hipo. Se le quitó en cuanto vio a su mujer. Dos días más tarde, se encontró a su vecino en la escalera con un ataque de hipo brutal que el impedía hablar. Cesó rápidamente en cuanto la vio. El rumor se extendió a la velocidad del rayo y pronto montó su negocio de “quita-hipos”. ¿Quién da la vez? Hip.

El sombrero de Ana

Ana se compró un sombrero de fieltro marrón en una almoneda. Lo adquirió para que hiciera juego con su perchero antiguo, como si fuera atrezzo. En apariencia, era un sombrero corriente. Estuvo colgado del perchero durante meses. El primer día que Ana se colocó el sombrero, empezó a hacer cosas muy raras, hablaba un idioma incomprensible, se acicalaba con colonia con olor a pachuli, vestía trajes blancos, bebía zarzaparrilla e incluso piropeaba a las damas. Si se quitaba el sombrero, volvía a ser ella, pero en cuanto se lo ponía, no había quien la reconociera. Su madre se dio cuenta de esta extraña relación con el sombrero y decidió meterlo en una bolsa y volver a la almoneda. – No lo queremos, gracias. Cuando ya se iba por la puerta oyó al dependiente que decía: otro que devuelve el sombrero de Casanova.

Incondicional

- Llévame contigo.
- No puedo.
- Por favor.
- No hay marcha atrás.
- Lo sé
- ¿Segura?
- No puedo estar más segura.
- Lánzate, entonces.

Se subió a la barandilla y saltó.

El plantón o cómo perder la dignidad

Hace unos cuantos años, antes de la era del móvil, cuando salías a la calle tan alegremente sin uno y no pasaba nada, conocí a un chico muy persistente. A priori, no era precisamente mi tipo, pero yo me sentía sola, él tenía mucha labia y las frases al oído, llenas de dobles sentidos eran más de lo que podía soportar. Me convenció para quedar dos noches después en su barrio.

Quedamos a las diez en un bar estrecho que da a dos calles, en el Madrid de los Austrias. Me presenté con diez minutos de antelación, alegre, canturreando por la calle. A las diez y cuarto entré a pedir algo fresco que me ayudara a esperar. El bar daba a dos calles, así que me bebí la consumición de dos tragos y salí. Justo en la esquina, tenía una visión total de la situación. Daba paseítos cortos alrededor del bar y la clientela empezaba a mirarme con una mezcla de pena y extrañeza. Su portal estaba a cien metros escasos, pero no me atrevía a llamar. Me acercaba al telefonillo y volvía rapidito a la esquina junto al bar. Veía a gente entrar y salir, saludar a sus citas que sí llegaban; les miraba abrazarse, besarse, irse hacia otros sitios. A las once y media, llamé una vez, dos, diez veces, sin obtener ningún resultado. A las doce, empecé a dudar de mí misma. “No puede ser. Entendí mal la hora o el sitio”. Volví a la barra del bar, escudriñé hasta el último rincón de ese sitio minúsculo, aún a riesgo de ser desconsiderada con los clientes, que empezaban a odiarme. Salí, entré, fui al portal, volví al bar, bebí, meé. Empecé a pensar que algo grave le había ocurrido, algo terriblemente grave que le impedía llegar hasta allí o llamar al bar.

Por fin, a las dos de la mañana, en un último intento antes de volverme a casa, me contestó por el telefonillo. Acababa de llegar de recoger a sus suegros del aeropuerto.¡Suegros?!! Poco a poco, a cámara lenta, me fui cayendo, quedando echa un ovillo en el portal y comencé a llorar despacito. Permanecí acurrucada durante un buen rato. “Nena, eres imbécil. Levántate, coño.” Me sorbí los mocos, me pinté los morros, levanté la barbilla y me fui. Nunca más.